traductor

lunes, 21 de mayo de 2012

La democracia del conocimiento-Daniel Innerarity


1-Daniel Innerarity: "La única utopía viva es el sueño de la desintermediación"

Su último libro, 'La democracia del conocimiento' (Paidós), versa sobre las exigencias de la gobernanza de la complejidad


El mundo de los medios es tirano y exige, no sólo precisión en el lenguaje, sino un cierto grado de espectacularidad o extravagancia en la fraseología y el ademán. Por eso es raro topar con alguien tan acostumbrado a la dimensión pública de su labor intelectual y a la vez tan comedido en las formas, tan sosegado en el verbo y tan escrupuloso en el decir como el filósofo Daniel Innerarity (Bilbao, 1959), uno de los pensadores españoles más destacados de las últimas dos décadas, especialmente comprometido con el devenir de los sistemas democráticos occidentales ante los nuevos riesgos y desafíos que los amenazan en estos momentos tan proclives a la confusión y la perplejidad. Su último libro, La democracia del conocimiento (Paidós), versa precisamente sobre las exigencias de la gobernanza de la complejidad, característica fundamental de nuestra época. 


Es curioso porque en las entrevistas publicadas por este diario de los últimos años con científicos sociales, politólogos o sociólogos, sus vaticinios han sido mucho más exactos que los de los economistas. 
También en defensa de los economistas hay que decir que la sociedad es más previsible, ahora mismo, que la economía. Y el elemento que hace a la economía imprevisible es la dimensión societaria, que a veces la econometría, el elemento matemático, tiende a escamotear. La economía es una ciencia menos exacta de lo que algunos tratan de hacernos creer. La modestia no es una virtud superflua, menos aún en momentos de gran complejidad. Entre otras cosas que se han venido abajo con la crisis está la creencia en un mundo completamente calculable. 

Y el conflicto entre su dimensión global y un marco regulatorio local. 
Exactamente, otra fuente de perplejidad e impotencia es efectivamente la incongruencia entre instrumentos nacionales y variables sistémicas de contagio. Nuestros modos de entender la sociedad y gestionar sus problemas no están a la altura de la complejidad actual. Vivimos en una sociedad interconectada, es decir, contagiosa, epidémica, vírica, y la gestionamos como si estuviera formada por compartimentos estancos. 

La crisis en España ya se ha cobrado un gobierno. 
La teoría que circula por Europa es que la crisis en los países fuertes se lleva a un gobierno por delante, como Francia y Alemania; en los países débiles o periféricos se lleva dos, como en Irlanda y Grecia, se va a llevar al segundo en Italia, se va a llevar a la derecha en Portugal… La pregunta es a qué club pertenece España. Y le puedo dar una apreciación: la personificación que el PP ha hecho tan fuerte en Zapatero de todos los males, las causas y los orígenes de la crisis se va a convertir en un bumerán, porque se traduce, a partir del 20N, en expectativas que se van a volver contra Rajoy como un una expectativa excesiva, muy peligrosa de gestionar. Del mismo modo que a Zapatero se le reprochaba no haber reconocido la crisis a tiempo, a Rajoy se le puede criticar por no haber reconocido el carácter global de la crisis. Puede ser una losa muy pesada. 

El propio José Ignacio Wert, hoy ministro, decía hace tres años en estas páginas que los españoles han interiorizado que, al margen de la capacidad de reacción de Zapatero, la crisis vino desencadenada por los mercados financieros estadounidenses, que el PP había perdido la batalla de la culpabilización de Zapatero. Y por tanto, al ser un agente exterior aplica un principio de irresponsabilidad. 
A veces ocurre que lo que facilita que una oposición acceda al gobierno le dificulta luego encontrar la comprensión de la sociedad cuando aparecen las dificultades de gobernar. Personalmente soy muy comprensivo con eso que se vitupera como “improvisaciones” de quien gobierna, fuera entonces Zapatero o ahora Rajoy, porque en momento de crisis no hay recetas ni planes. Las crisis no se gestionan sino que se combaten. Soy menos indulgente, en cambio, frente a quienes juegan con una lógica u otra según les convenga y hacen lo que podríamos llamar “un uso alternativo de la complejidad”. Las cosas son simples cuando tu gobiernas y complejas cuando lo hago yo. Una de las cosas más ilustrativas de lo que está pasando con la crisis, con el 15M y con la crisis en general: la sociedad es muy poco sincera con ella misma. Somos muy poco sinceros con nosotros mismos. Vivía en Francia estos años, y allí en un banco no te aceptaban una hipoteca por más del 30% de los ingresos del hogar, esa era la praxis habitual. También es verdad que cuando estalló la crisis estaban discutiendo una ley similar a la de Clinton, de acceso universal al crédito. A mí es una cosa que me obsesiona últimamente, bueno, me obsesiona y también lo miro con una cierta indulgencia: la sociedad… 

¿…voluntariamente irresponsable? 
Sí, la sociedad se dota de un sistema sobre el que descarga la responsabilidad y al que convertimos en chivo expiatorio para proyectar nuestra insatisfacción. Y a menudo la desafección ciudadana de la política dice más de la sociedad que de la política. Una de las cosas más preocupantes de nuestra sociedad es que hay muchos mecanismos para justificar la irresponsabilidad, uno de ellos, el desprecio a la clase política. La política podría hacerlo mejor, por supuesto, pero a menudo la desafección ciudadana hacia la política habla peor de la sociedad que de la política. Modificando aquella frase famosa, a veces no está mal mirar el dedo que señala a la luna en lugar de mirar a la luna. Si una sociedad está enfadada y no participa en política porque está desencantada, el analista social tiene que preguntarse por el sistema político que es el objeto de las iras, pero también habría que examinar la estructura moral misma de la sociedad, qué tipo de irresponsabilidad organizada y mecanismos de exculpación hay en una sociedad. 

Mayo del 68 francés, que tenía un sustrato intelectual bastante naif, afectó al pensamiento político durante las siguientes tres décadas, sobre todo en la creación de la corrección política y el respeto a las minorías, procesos que tienen sus propias perversiones pero que también han aportado mucha calidad moral a la política. Por eso el 15M, que es mucho más sofisticado en sus formulaciones, aunque no deje de ser una versión nueva de la antiglobalización, a la larga debería tener un efecto, aunque sólo sea en tanto que síntoma. 
Hay un gran dilema. Por un lado, fenómenos como el 15M dicen mucho del gran desconcierto que hay en las formas de protesta. Dado que los poderes no son tan fácilmente identificables y localizables —están los mercados, el G20, Europa…, pero no hay soberanos concretos a los que exigir cuentas—,en función de esto la protesta se ha vuelto muy difusa, poco dirigida. Y cuando se dirige, lo hace con cierta torpeza. Creo que el gran dilema de estos movimientos, no es, como se les ha reprochado mal, “que no hay programa, no son concretos”. Bueno, no tienen que tener un programa porque no se van a presentar a las elecciones. No, su dilema es si van a resolver esa fuerza y esa crítica en una lógica política o van a escapar de la política, porque hasta ahora es más un genérico malestar que crítica concreta. Y esto se debe a que la protesta ha dejado de ser revolucionaria y se convierte en expresiva. Buena prueba de ello es que el 15M desató una verdadera competición por el slogan más ingenioso. Por eso me permito aventurar que no estamos en una fase nueva de las grandes revoluciones que han ido pautando el devenir de las sociedades democráticas sino ante un fenómeno vinculado a la espectacularización de nuestra vida pública. 

De otra manera, si va a servir para mejorar la responsabilidad política de la ciudadanía o como mecanismo de expresión de hartazgo. 
O incluso para difuminar la responsabilidad política, porque todos los movimientos sociales tienen efectos perversos. Un efecto perverso sería que desaparecido esto se quedaran satisfechos pensando, “ya hemos protestado, ya está”. O que por ejemplo, mejore la situación económica y esto ya no tenga ningún sentido, cuando no debería ser así. Pero yo voy más a que esta gente tendrá que optar: formular sus críticas de forma que sean políticamente discutibles o formularlas de manera que sean moralmente impecables. Por ejemplo, si tú dices que hay que devolver el protagonismo a los ciudadanos, pues eso nadie lo puede objetar. O si dices que los poderes financieros están achicando el espacio de la política; estamos de acuerdo todos, derecha o izquierda; luego a unos les gusta más y a otros les gusta menos, pero estamos de acuerdo. Lo que tienes que ser es consciente de que los seres humanos tenemos una condición política, y la manera como formulemos nuestras aspiraciones, nuestras críticas, nuestras protestas, tiene que ser todo lo imaginativa y utópica que se quiera, pero tiene que estar dentro de un marco de inteligibilidad política. Y si no, es absolutamente ineficaz. Si no, es la típica reclamación utópica e irrealista que deja al sistema incólume. A mí me preocuparía que la crítica, el potencial de crítica, que hay en fenómenos como el 15M, no es que me parezca demasiado radical, sino que es poco radical porque no matiza y no se vierte en formulaciones que tengan lógica política. 

¿No son entonces revolucionarios? 
Es que nos ha pasado algo que tal vez no hemos advertido suficientemente. Se nos ha desestructurado el lenguaje relativo al cambio, con lo que todo ello supone de concepción del tiempo histórico y de la intervención política. En el lenguaje progresista la revolución ha sido sustituida por la modernización, la adaptación y la innovación; las reformas son un término más bien de derechas; y en la izquierda extrema hay gestos críticos, pero no una teoría crítica de la sociedad (mucho menos un programa de acción). Buena parte de lo que dice y hace no son más que ademanes de “heroísmo frente al mercado” o simple melancolía. Tampoco se encuentra un contraste revolucionario en el exterior del sistema político, en la fuerza exógena que pudieran representar los movimientos de protesta o indignación. El actual desencanto ideológico se pone de manifiesto en el hecho de que ni la izquierda ni la derecha extremas están especialmente interesadas por intervenir a través de los habituales procedimientos de representación. Tanto el individualismo conservador como el izquierdismo radical se entienden a sí mismos como “contrapoderes”, como “para-política”. En el ideario de ambos el pirata representa el paradigma de la lucha contra la rigidez del estado o contra el orden neoliberal; por distintos motivos, e incluso contrapuestos, la piratería es considerada como la estrategia más adecuada a las evoluciones económicas y culturales del capitalismo. 

¿Y no es más importante cómo la política reaccione a que ellos sean capaces de convertirse en actores políticos? Quiero decir, que el efecto del 15M, más que en lo que el movimiento en sí haga, podemos verlo en cómo las izquierdas, que son las más concernidas por esas demandas, mejoren la salubridad de la vida política. 
Ahí hay varios planos. Hay un plano de malestar ante cosas que la democracia puede perfectamente mejorar y tiene instrumentos para hacerlo, como es todo el tema de la corrupción, las posibles reformas de los sistemas electorales, por supuesto todo lo que tiene que ver con la gestión del empleo o la vivienda… digamos que ese es un plano en el que las soluciones están inventadas, es cuestión de aplicarlas. Y hay otro plano, que me parece que es el más complejo, que es cuando la insatisfacción se dirige a la circunstancia concreta de lo que supone esta crisis: rescates de bancos, debilidad de la política, acoso de los mercados, falta de previsión del futuro… Esos son ámbitos en los que las soluciones no están y la política está ante una evidente presión de innovar, de buscar soluciones nuevas. Y las formulaciones de malestar no contienen la solución. Creo que, sinceramente, aunque sea obsceno el rescate de los bancos y que luego esos bancos no hayan disminuido los bonus a sus ejecutivos, cualquiera en su sano juicio cree que los bancos tienen que ser rescatados. Ahí hay mucho matiz que hacer, por eso es tan difícil decir si está uno a favor o en contra. 

Pero la percepción es que la política convencional ha perdido funcionalidad.
Esto es síntoma de un tiempo en el que a la política se la ha despojado del carácter de acción que podría producir un cambio hacia algo mejor. Y esto ocurre mientras que el cambio cultural, social o tecnológico es una constante imparable. Ha desaparecido la esperanza en un cambio de naturaleza política. La política es el ámbito social que más impresión da de paralización; ha dejado de ser una instancia de configuración del cambio para pasar a ser un lugar en el que se administra el estancamiento. Esta circunstancia es valorada de diferente manera según sea uno un liberal que lamenta la lentitud de las reformas o un izquierdista que se queja de la ausencia de alternativa. La indignación, el compromiso genérico, el altermundialismo utópico o el insurreccionismo expresivo no deben ser entendidos, a mi juicio, como la antesala de cambios radicales sino como el síntoma de que todo esto ya no es posible fuera de la mediocre normalidad democrática y del modesto reformismo. El problema de los grandes gestos críticos no es que se proponga algo diferente, sino que las cosas suelen quedar inalteradas cuando las modificaciones deseadas están fuera de cualquier lógica política. 

No vivimos tiempos sutiles. 
Una cosa es que haya modificaciones en los sistemas de representación y otra es eso que alimenta el movimiento 15M y otros fenómenos, que es lo que yo considero la única utopía viva, la utopía de la desintermediación, que se manifiesta en fenómenos como Wikileaks, como las redes sociales en general, la crítica, no de los procedimientos actuales de representación, sino de la idea misma de representación… Yo creo que eso son ilusiones. Hay protestas que tienen por objeto cuestionar determinadas decisiones y las hay que critican la parcialidad de la representación, pero el fenómeno contemporáneo de la indignación representa un grado más en la medida en que critica la idea de la representación como tal y tiene como trasfondo el ideal de una democracia directa y sin mediaciones. «No nos representáis» es un eslogan profundamente antipolítico porque no hay política sin representación. En la indignación hay muchas cosas, buena parte de ellas muy estimables, pero suele faltar una crítica política de la política. Los políticos hacen mal algo que nadie hace mejor que ellos. Podemos sustituirlos, tal vez debamos hacerlo, pero no deberíamos dejarnos engañar con el señuelo de que quienes los remplazaran no fueran, a su vez, políticos. 

El fin de la desintermediación es un campo abonado al populismo.

Sí, es populismo y luego se ha demostrado que las mediaciones son inevitables: Wikileaks no habría sido lo que fue si no hubiera un trabajo de periodistas, las redes sociales son ámbitos de poder… Creo que hay que mirar con mucha atención y con una cierta dosis de escepticismo esa especie de ingenuidad de pensar que un mundo sin mediaciones es posible. Lo que tenemos que hacer es mejorar las mediaciones que tenemos. Ojalá haya mejores periodistas, mejores políticos, mejores sistemas de representación, pero desde luego no tiene ningún sentido —y es lo que están deseando, por cierto, populistas y neoliberales—un mundo sin mediaciones. Me llama la atención siempre la coincidencia en el esquema de los neoliberales que en el ámbito económico deseaban un espacio mercantil libre de regulaciones y las lógicas libres que parecen prometerse en el mundo de las redes sociales. Lo que está en juego en este debate es si una sociedad democrática puede saltarse las limitaciones de la representación y prescindir de sus beneficios. La representación es un lugar de compromiso y mediación, donde se asegura la paridad, por ejemplo, o el equilibrio territorial, que no se autorregula sino que requiere decisiones explícitas. Es una ilusión dejar esos complejos equilibrios al albur de la espontaneidad. La autorregulación mercantil de la derecha y la autorregulación política de la izquierda son prejuicios muy similares que coinciden en minusvalorar la dimensión artificial del espacio público.

No por nada a los ultraliberales se les dice anarcoliberales.


Y hay un origen idéntico en la ideología californiana. Buena parte de la izquierda norteamericana y del ciberanarquismo tiene sus orígenes en lo que fue el 68 californiano. La expectativa de superar el marco de la democracia representativa cuenta con partidarios en ambos lados de espectro político: lo que los movimientos sociales de los 60 representaron en el imaginario de la izquierda se encuentra igualmente en la apelación neoliberal a la sociedad civil en los 90. Se trata de una coincidencia que debería al menos hacernos pensar. Este tipo de procesos, a medio plazo, rearma la necesidad de una mayor cesión de soberanía a la Unión Europea. 

Algunos creen que la crisis puede destruir la UE, y otros que puede acelerar la integración europea, a pesar de que el sentimiento europeísta esté en retroceso en estos momentos. 
Pero no es tan problemático. Mi tesis es la siguiente: La legitimación del poder político tiene muchas dimensiones, la más importante de las cuales es la representación, la elección y el apoyo popular explícito, sin duda. Pero no es la única. Hay un tipo de legitimación, que es la legitimación funcional, que a medida que el nivel en que nos movemos se distancia del plano de los individuos aumenta en significación. Dicho de una manera menos técnica: si en Europa se toman las medidas correctas, por tanto, si Europa acierta funcionalmente, eso relegitimará Europa de una manera mucho más radical que un referéndum griego, insisto, de manera mucho más radical. Esto nos acerca a una cierta lógica tecnocrática. Pero es que la sociedad está hecha de las dos cosas: el poder político es legítimo tanto por haber sido elegido como porque es competente. No nos olvidemos de las dos cosas. En estos momentos en Europa, con la que está cayendo, el eje de la balanza se está yendo, para algunos peligrosamente, hacia el lado de la competencia: tecnócratas en Grecia y en Italia. Pero esto no está absolutamente fuera de la lógica democrática habitual. Nosotros a los gobernantes les exigimos apoyo popular y competencia. Siempre las dos cosas. 

Pero dado que estamos viendo que el modo en que se presentan los procesos es importante, y de ahí el desapego a la política, lo que ha ocurrido con los gobiernos de Grecia e Italia puede multiplicar ese desapego, por esa apariencia de que han sido los mercados los que han decidido esos gobiernos… 
Comparto esa preocupación, pero también los mercados han hecho cosas positivas como, por ejemplo, expulsar a Berlusconi, un personaje nefasto para Italia y Europa, que contaba con un enorme apoyo popular. Si entendemos la lógica democrática únicamente como apoyo popular nunca hubiéramos podido desembarazarnos de ciertos incompetentes populares porque Berlusconi es un personaje que ha gozado siempre de una gran legitimidad en términos de apoyo popular. Ha ganado varias elecciones, no ha tenido grandes dificultades para construir mayorías de gobierno… y ahora que los mercados están tan mal vistos, los que se lo han cargado han sido los mercados. Creo que en una sociedad bien constituida están jugando siempre estos dos principios, se van articulando estos dos principios, funcionalidad económica y apoyo popular. Berlusconi funcionaba por un solo pie, y el pie era curiosamente pura legitimidad popular. Y lo que se ha demostrado es que era un mal gestor y que toda su carrera profesional no ejemplifica el éxito de un hombre que lucha denodadamente, un self made man, en un mercado libre, sino todo lo contrario, ha sido un hombre que ha hecho carrera económica a base de favoritismos, mezclando influencia mediática, poder político… No pensemos que el mercado es tan malo cuando ha terminado expulsando de su seno a una persona que, en el fondo, no representa ninguno de los valores que el liberalismo ha entendido que hacían del mercado una relación entre sujetos libres mejor que la relación del antiguo régimen, sometida al feudalismo por ejemplo. 

Y por otro lado, Fernando Vallespín explicaba que donde entra el pensamiento científico técnico no entra la democracia: un piloto no somete a votación una maniobra de aterrizaje; un ingeniero no propone votar cuántos pilares tiene un puente. Se nos ha presentado la economía como una ciencia, y además como un arcano. Las recetas para sacarnos de la crisis se pretenden científicas y por tanto no están sujetas al concurso democrático, y además en estos países serán implementadas por individuos elegidos de forma anómala. 
Respecto a esto, la economía en estos últimos cuarenta años ha seguido una deriva que la ha hecho cada vez más opaca, también mediante un proceso de auto-empoderamiento de los profesionales, se ha hecho menos transparente y menos susceptible de ser decidida por la ciudadanía. Es un hecho cierto que en las facultades de económicas y en las escuelas de negocios, toda la dimensión de la econometría ha ido ganando terreno frente a las digresiones, por así decirlo, de letras, las dimensiones que acercaban la economía a los territorios de la sociología, la ciencia política, la filosofía o la ética. Una de las cosas que ha revelado la crisis es que la economía ha sido, en tanto que ciencia dominante, una ciencia muy estrecha. Y por tanto, una de las salidas a la crisis en términos de cómo concebimos lo económico, debería ser recuperar a la economía como una ciencia que está entreverada con otras ciencias humanas y sociales, y por tanto que incluye en la toma de decisiones elementos políticos, sociológicos, de cohesión social y medioambientales… Ese es el modelo que ha fracasado. Ahora mismo puede haber una situación de emergencia, y lo entiendo, de control de cuentas públicas, y en eso transitoriamente puede haber un paso que, en economías muy falsificadas, sea necesario transitar. Pero, o volvemos a una concepción de la economía como la que han tenido los grandes economistas, que han sido también grandes políticos y grandes hombres de letras, como Keynes, Marshall, Marx, Adam Smith o David Hume…, en la cual la economía es concebida como formando parte de un todo en el que intervienen criterios políticos, éticos, económicos y medioambientales, o no saldremos de la crisis desde el punto de vista conceptual. Y por tanto, desde el momento en el que concibamos la economía así, dejará de ser entendida como una ciencia exacta, se convertirá en una ciencia inexacta, que es lo que debe ser. Entonces ya no estaremos en el esquema que citaba Fernando Vallespín, que es el de “tú te callas porque esto lo sé yo” y estaremos en un sistema de participación. Volveremos a poner las grandes decisiones económicas en manos de una trama en la que intervienen no sólo criterios de econometría pura, sino también criterios políticos, de cohesión social, de equilibrio ecológico, que hacen de la economía algo controvertido. Y eso es lo sano de la economía. Mal asunto cuando la economía se instala en el espacio de lo indiscutible. 

En las últimas elecciones, la mayoría absoluta de Rajoy, venía acompañada ya en las encuestas de entonces, por una mayoría de partidarios de menos recortes y más estímulos económicos. ¿Es esquizofrenia? 
Es cierto que ahora lo que mueve a las sociedades son más bien energías negativas que positivas y que las promesas tienen muy poco eco político. Y de hecho asistimos a procesos más bien de desgaste, las crisis se están llevando gobiernos por delante de derechas y de izquierdas, las medidas que se están aplicando son muy similares… lo que hay en la sociedad es una cierta desesperanza en relación con el status quo y lo que quieren es que cambien los actores. Pero ese es un movimiento muy concreto y muy compatible con albergar en su seno la contradicción a la que aludes. En esta línea también creo que si el cambio político no produce en un plazo relativamente breve de tiempo un cambio en la situación económica, como el PP ha personificado tanto el origen en la figura de un presidente del Gobierno, indirectamente ha despertado una expectativa sobre Rajoy que seguramente sea exagerada. 

La percepción es que determinismo de los mercados es el que dirige la acción política. 
Creo que entramos no tanto en eso que se dice en la izquierda clásica del poder de los mercados frente a los estados, yo creo que más bien estamos entrando en una época en la cual la política tiene que gestionar con habilidad con inteligencia dos grandes limitaciones, yo la llamaría la Era de las Constricciones. Primero, una limitación de tipo cognitivo: de entrada, quien está en el puesto de mando político no puede tener toda la información, ni tenerla en el momento preciso. Por otro lado, si se trata de regular cuestiones tan complejas como los mercados financieros, o la innovación científica en general, nuestros modelos de gobierno necesitan un suplemento cognitivo que no tienen. En estos momentos, saber qué haría falta para regular los mercados financieros es un conocimiento que a los reguladores solamente se lo pueden proporcionar los regulados. Eso da vértigo porque supone entender que en última instancia o en muy buena medida estamos en manos de los regulados. Vale para muchas otras materias, por ejemplo, la biotecnología, el deporte… Vamos a regular cuestiones de tal complejidad que no se pueden gobernar desde fuera y que necesitan el concurso de los afectados, y ahí hay formas de participación política que no son simplemente el voto y la representación, sino que tienen que ver con corrientes de circulación de saberes, de competencias y de conocimiento. 

¿Y la segunda limitación? 
Es una limitación práctica, en términos de soberanía: el estado ya no es el héroe de la sociedad que decide soberanamente, sino que para los grandes problemas tiene que entrar en contextos de soberanía compartida hacia dentro y hacia fuera. Tiene que buscar fórmulas para hacerse cargo de la complejidad interior de las sociedades, que tiene que ver con sociedad civiles más activas, estados plurinacionales, o simplemente sistemas funcionales autónomos, como las universidades o los sindicatos. Y por otro lado, en los contextos en los que se mueve, la única manera de ganar competencia y poder es ceder soberanía. De algún modo lo que los estados hacen ahora mismo es intercambiar soberanía a cambio de poder. En el caso de Europa es paradigmático. 

Pero si la gente percibe que la cesión de soberanía no resuelve la crisis sino que la agudiza… 
Pero eso pasa porque la gente no ha entendido que la crisis sólo se puede resolver en términos de mutualización. Es decir, el que tiene una deuda pendiente de pagar y el que tiene una deuda pendiente de cobrar están en un juego de suma positiva. En Europa se vive con una especial intensidad la realidad negativa del contagio y la realidad positiva de la exigencia de cooperación, y por tanto, la inexistencia práctica de juegos de suma cero. Pero ciertas actitudes propiamente políticas, como la de Angela Merkel, están tratando problemas que exigen una mirada de mutualización de riesgos con una lógica de soberanía. La deuda que se me debe solamente la puedo cobrar si le va bien a quien me debe. Ahí un juego más sutil, que no es el juego este simplón de estado contra mercado. 

En su libro, usted insiste en que la gestión inteligente de la complejidad es la única salida posible, no ya a esta crisis, sino a los desafíos que plantea el mundo contemporáneo. 
Si la crisis económica se ha producido en buena medida por la tiranía del corto plazo frente a la visión sistémica de la economía y su encaje en una sociedad del conocimiento, solo saldremos de ella si invertimos la tendencia. Una de las pruebas de ello sería precisamente que pusiéramos todo el empeño en aquellas actividades que tienen que ver con la construcción de otro modelo económico y social. Y no es una cuestión únicamente de dinero: en este país no está suficientemente valorado el trabajo del conocimiento, la investigación, aunque los discursos oficiales parezcan decir lo contrario


2- El futuro y sus enemigos política | 09/08/2009
A España le han cambiado la faz los fondos europeos. 


Pasa con frecuencia que unos países parecen muy europeístas porque en el fondo aprecian las subvenciones que han recibido, mientras que otros ven en Europa una amenaza y dejan de percibir la oportunidad que representa. Unos y otros tienen una percepción equivocada de lo que Europa representa y, mientras no se disuelva ese equívoco, la adhesión al proyecto político de la UE seguirá siendo débil o superficial. 



El ex director del CIS Fernando Vallespín dice que en Europa el futuro es una amenaza, mientras Estados Unidos siempre ve en el futuro un reto y una esperanza. Esto explica la efervescencia de Obama, pero también la crisis del proyecto europeo. 



Desde luego, en Europa sí se manifiesta de forma clara ese descrédito de la política, que ya no es un ámbito de proyección hacia el futuro, sino el marco en que se dirimen miedos e ilusiones de poca densidad o poco alcance. Esto es grave porque deja Europa a merced del populismo o el desafecto político. 



¿Es más un problema ontológico, referido al ser europeo, o coyuntural, vinculado al peso de las exigencias políticas de cortoplazo marcadas por los medios? 



Es un problema de fondo, antropológico, diría. La utopía se ha privatizado. No esperamos de la política más que una representación de nuestros intereses, y la política ha dejado de ser el espacio donde realizar un proyecto de gran alcance. Este fenómeno tiene su raíz en el agotamiento de las grandes utopías, el fin de las grandes ideologías, y en ese sentido es más antropológico que coyuntural. No es tanto culpa de la velocidad del presente. 



¿Y cree que se puede interpretar el resultado de las últimas europeas como un giro continental a la derecha? 



Para mí lo más curioso de estas elecciones y lo que exige una explicación es que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha. 



¿Tiene alguna explicación? 



Pienso que la raíz de esa curiosa asimetría está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no solo libertad sino también igualdad. La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego y tiene una idea del bien común como mera agregación de intereses individuales; es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto, en términos de desigualdad, por ejemplo, le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un "capitalismo compasivo" para paliar algunas situaciones intolerables. 



¿La izquierda tiene demasiadas aspiraciones? 



Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis con el que la izquierda subraya la igualdad y la preferencia de la derecha por la libertad inclina la balanza en un sentido que explica por qué sus electorados respectivos se conducen de distinta manera. 



Usted dirá



La diferencia radicaría, a mi juicio, en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo. Si esto fuera cierto, tendríamos también una explicación de por qué son tan distintos sus modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción. La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; le derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas. 



Eso explicaría por qué la izquierda no es absolutamente hegemónica a pesar de que los españoles aparecen situados en todas las encuestas con una mayoría de centro izquierda. 



La izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y es alto el nivel de exigencias que se dirigen a la política. Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes. 



Aunque avance a duras penas, ¿cree que el proceso de diálogo social es un indicio de vocación política de largo recorrido, o estamos ante otro intento de ganar el titular de mañana? 



En el juego de la política hay decisiones que se toman en el corto plazo y que son necesarias, pero siempre que hay decisiones que afectan a la definición de marcos de convivencia, como es el caso, para las que es necesario entendimiento más transversal. Lo que no puede hacerse es lo uno con criterios de lo otro. 



¿Perdón? 



No se pueden someter las grandes cuestiones a las reglas de un juego de corto plazo y tampoco someter las cuestiones inmediatas a las exigencias de una política de mayor proyección. Son dos lógicas completamente distintas. 



No sé si confusión de la lógica de largo y corto plazo, pero lo que sí parece es que los términos del debate despido libre, etcétera, son muy antiguos. 



Es cierto. La manera cómo se aborda la cuestión y los argumentos en uno y otro sentido, proceden del mundo antiguo de lo que se llamó eol consenso social y democrático, los grandes ejes del estado del bienestar tradicional. Ninguna de los partes, patronal, sindicatos y gobierno, han hecho una reflexión a fondo de las grandes cuestiones que se han venido abajo por la evolución de la dinámica social. Es un déficit muy claro de la política, la falta reflexión sobre las nuevas tendencias sociales, que hacen obsoletos algunos modelos de análisis. 



A pesar de la intensidad de algunos cruces de acusaciones, el tono político ha bajado de intensidad. ¿Cree que el acuerdo en Euskadi ha tenido peso en esto? 



Algunas de las cosas que se están diciendo sobre el nuevo gobierno de Patxi López y algunos gestos solemnes e inaugurales parten de un error de apreciación de lo que ha sido la historia reciente. Dicho de una manera sintética: ni Euskadi era antes tan nacionalista ni ahora ha dejado de serlo. Lo que se ha producido es un cambio de mayoría en el Parlamento, en virtud de la exclusión de Batasuna, pero la ligera mayoría de nacionalistas en la sociedad sigue ahí. 



Puede ser, pero ha sido el fin de una larga hegemonía de poder. 



Hay que recordar que en Euskadi ha habido siempre, desde hace más de veinte años, gobiernos de coalición y una buena parte de ellos constituidos por el PNV y el PSE. Buena parte de las leyes vigentes en temas muy importantes y delicados, como la educación o la lengua, o han sido realizadas directamente por los socialistas o se realizaron con su expresa aprobación. Hay que saber que, a diferencia, por ejemplo de Catalunya, el poder ha estado y sigue estando muy repartido, entre instituciones de gran peso, como las diputaciones, y sin que ningún partido político haya podido ejercer esa hegemonía de la que se habla con tanta ligereza. 



¿Entonces, no hay tal cambio? 



Quiero decir que ni antes, ni ahora, ni en el futuro se puede tomar ninguna decisión de calado en el País Vasco, sobre el autogobierno o la política lingüística, por ejemplo, sin acuerdos básicos, de fondo, en los que estén presenten las dos grandes tradiciones políticas del país. Para el gobierno cotidiano de las cosas menores basta cualquier mayoría parlamentaria; para la definición o modificación del marco de convivencia se requiere otro punto de encuentro más cualificado. La exigencia de hacer este esfuerzo de integración valía para el anterior gobierno y para este. 



El año pasado usted decía que ETA estaba en la agonía que va desde el desahucio a la muerte. ¿Sigue pensando así? 



La lección que se extrae del fracaso del último proceso de paz es la imposibilidad de que vuelva a producirse algo similar en los términos en los que se planteó el anterior y cuyo último esfuerzo fueron las conversaciones de Loiola. ETA no está en condiciones de poner punto final a la violencia sin una contrapartida política, que la sociedad lógicamente no está dispuesta a aceptar. 



¿Qué hacer, entonces? 



La cuestión central acerca de cómo abordar este nuevo escenario podría plantearse de la siguiente manera: hasta ahora, en mayor o menor medida, los partidos políticos han pensado que había que hacer algo en el terreno político para favorecer que ETA tomara la decisión de terminar con la violencia. Pensábamos, con una mezcla de responsabilidad y voluntarismo, que nos correspondía algún tipo de iniciativa que acompañara a la vía policial y judicial. 



Eso ya no es así. 



El cambio de perspectiva debería ser el siguiente: no existe el terrorismo porque nosotros hayamos hecho algo mal sino porque ellos han hecho todo mal. Seguramente podríamos haber hecho las cosas mejor, pero no existe y persiste ETA por ello sino porque ETA no ha aceptado que su equivocación radical consistente en pensar que la imposición de unos objetivos políticos a través de la fuerza es posible y legítimo.



Al menos ahora, no es materia de debate político. 



La unidad de los partidos es más necesaria y probablemente más fácil porque el campo de juego se simplifica considerablemente. Por eso creo que debería tomarse en serio la propuesta de Íñigo Urkullu, de proceder a una lectura conjunta del Pacto de Ajuria Enea y explorar las posibilidades de reeditar un pacto similar. ¿Para qué? De entrada, para explorar las posibilidades de compartir un diagnóstico de la situación y revisar la posibilidad de trasladar los compromisos de aquel Pacto a la actual coyuntura, lo que tampoco excluye, por supuesto, la posibilidad de acordar qué aspectos carecen actualmente de validez y responden a viejos debates que han sido superados. 



Siga. 



Todo ello con el objetivo de conseguir algún compromiso en torno a una serie de exigencias para acelerar el final de ETA, con el menor número de víctimas y procurando la mayor unidad social posible. El acuerdo es necesario, además, porque una posible tregua u otros movimientos que ETA y su entorno político puedan hacer en los próximos meses no deberían ni coger por sorpresa a las fuerzas políticas y las instituciones ni propiciar a una discusión que la sociedad no entendería de ninguna manera. 



¿Habla usted de anticiparse a cualquier maniobra de ETA o la izquierda abertzale?



Habría que minimizar el impacto, en términos políticos y de coste social, de las actuaciones de ETA sobre el liderazgo que corresponde a las instituciones y los partidos políticos. Es necesario comprometerse para sustraer la política antiterrorista de la confrontación política pública. Para eso, los partidos necesitan un acuerdo previo. Tendría que estar en un papel el procedimiento sobre cómo se actúa respecto a una declaración, por ejemplo de Otegi rechazando la violencia. Que los requerimientos de verificación de ese rechazo estén establecidos previamente y consensuados, de forma que todos los partidos al unísono puedan decir "nos lo creemos" o "no nos lo creemos". 



Tiene lógica. 



Es importante porque de aquí a 2011 la supervivencia política de la izquierda abertzale implica el descenso por una pendiente de degradación política y social que pagaremos muy caro. Por eso no me parecen inteligentes declaraciones como las de Rubalcaba diciendo "no vamos a aceptar". Carecer de unos mecanismos comunes de reflexión política sobre el terrorismo lo pagaremos caro. 
En Euskadi, el nacionalismo radical ha puesto en el punto de mira el AVE. En cierto modo ¿es un reconocimiento de que el tren da forma al Estado? 



Las comunicaciones no sólo dan forma al estado sino que concretan el tipo de forma que se pretende para ese estado. El mapa de las comunicaciones dice mucho acerca de la concepción que un estado tiene de sí mismo, si se considera radial o reticular, si está pensado para que todas las comunicaciones entre sus territorios tengan que pasar por el centro o si fomenta las relaciones descentralizadas de sus territorios entre sí. 



Pues entonces, centralizado, parece. 



Pese al clamor del AVE Mediterráneo. Sí. El AVE delata cómo se concibe el estado, cuáles son sus prioridades y su objetivo final. Pensemos: comenzó enlazando Madrid con Sevilla, siguió conectando Madrid con Barcelona, se deja para más adelante la conexión de Bilbao y Barcelona... Todo muy elocuente. 



¿Estamos condenados a que Valencia, Madrid, País Vasco/Navarra y Catalunya sean las únicas regiones que se integran en Europa mientras se profundizan las diferencias con el sur no urbanizable y el noroeste? 



Me da la impresión de que algunos no terminan de entender que una de las consecuencias del pluralismo territorial es que exista una sana competencia entre centros de decisión diferentes. 



Hay que equilibrar el principio de solidaridad entre territorios con la capacidad real de cada autonomía de hacer apuestas propias. Tiene que haber una igualdad básica de oportunidades, por supuesto, pero si hay un pluralismo real de centros de poder, eso se traducirá inevitablemente en resultados diferentes, lo que dependerá del acierto de las decisiones políticas de cada uno. 



Hay quien cree que buena parte de los males de la política son responsabilidad de los medios, precisamente ahora que se ha pinchado una burbuja comunicativa importante y que, al tiempo, asoma una crisis de modelo por la revolución tecnológica. 



Hay quien se preocupa por el futuro de la prensa escrita o el papel de la publicidad en la televisión. Entiendo que esto sea un problema para los medios, pero sería bueno que estos reflexionaran, además de acerca de lo que puede sucederles, sobre lo que ellos están haciendo, sobre su función en una democracia y si están contribuyendo a configurar un espacio público de calidad. Y en este sentido creo que los medios, sin ser por supuesto los únicos culpables, tienen buena parte de la responsabilidad de que la agenda política sea tan pobre, de que domine un antagonismo ritual y simplificador de los temas y en ocasiones nos rindamos a la dictadura de lo insignificante.